Mario Pablo.

Durante años me molestó la palabra. Aún me molesta cuando la usan mal. Pero ya no le huyo, porque la huida me parece tan perezosa como la moda contra la que reaccionaba.

La primera ola de la palabra

Hacia 2014 todo empezó a llamarse «innovador». Programas innovadores. Metodologías innovadoras. Líderes innovadores. Reuniones donde el problema no se discutía y la palabra aparecía siete veces en quince minutos.

Lo que pasaba debajo del término era casi siempre lo mismo: una organización con un problema viejo —no llega a su público, no se sostiene económicamente, no consigue retener a su gente— le ponía la etiqueta nueva al mismo cuadro. Y al cabo de dos años, todo el mundo había publicado en LinkedIn que era innovador, pero el problema seguía intacto.

Yo, en mi círculo de Granada, escuché aquellos discursos y decidí dos cosas: la primera, no usar la palabra. La segunda, ver qué pasaba cuando se descomponía en sus partes.

Lo que sí significa

Si descomponemos «innovación social» en gestos prácticos, no queda casi nada de moda. Quedan estas cosas, todas viejas, todas honorables:

Estudiar el problema desde dentro, no solo desde el informe. Conversar con la persona afectada, no solo con su gestor.

Probar a pequeña escala antes de escalar. Aceptar que la primera versión va a fallar. No avergonzarse de ello.

Medir lo que importa, no lo que es fácil de medir. Aceptar que algunas métricas decentes son cualitativas y eso no las hace menos.

Construir alianzas que parecen raras. La administración con la empresa con la ONG con la universidad. Aceptar el incordio del proceso porque el resultado lo paga.

Cerrar lo que no funciona. Sin gloria, sin disfraz, sin convertir el cierre en relato de éxito. Y dejar el aprendizaje recogido para quien venga después.

Eso es lo que hay debajo del término. No es nuevo. Es trabajo de oficio.

Por qué la palabra vuelve a importarme

Vuelve a importarme porque he visto algo, sobre todo en gente menor de treinta años, que sí merece esa etiqueta:

No es la moda. Es la disposición a desordenar las estructuras heredadas cuando esas estructuras no sirven al problema. La generación más joven —en mi experiencia— no tiene apego a la forma. Está dispuesta a probar la cooperativa de plataforma si funciona, el voluntariado sin registro si funciona, el contrato con el ayuntamiento sin reuniones formales si funciona. Y, sobre todo, está dispuesta a cerrar el experimento si no funciona.

Esa disposición, cuando llega al sector con criterio, es lo que merece llamarse innovación social. No la metodología «design thinking» enlatada en cuatro talleres. Una disposición.

Tres condiciones para que la palabra sirva

Si una organización me dice que quiere ser «innovadora», le pregunto tres cosas. Si responde sí a las tres, hablamos. Si responde no a alguna, le sugiero descartar el término y trabajar otra cosa:

  1. ¿Estáis dispuestos a aceptar que vuestra primera idea va a fallar? Si no, no es innovación: es plan estratégico con etiqueta nueva.

  2. ¿Tenéis al menos una persona del equipo con autoridad para tomar decisiones rápidas? Sin esto, la innovación se ahoga en consejos directivos trimestrales.

  3. ¿Aceptáis cerrar el experimento si no funciona, sin disfrazarlo de éxito? El sector adora maquillar fracasos. El que no acepta el cierre digno, no innova: hace teatro.

Lo que me sigue costando

Me sigue costando ver organizaciones que llevan años en lo mismo, con la misma persona al frente, con el mismo modelo financiero, llamándose innovadoras porque incorporaron Canva al equipo de diseño. Hay un coste de credibilidad para el sector cada vez que eso pasa.

Y me sigue costando ver financiadores premiando el adjetivo en lugar del verbo. Subvenciones a «proyectos innovadores» cuya innovación cabe en el resumen ejecutivo y no se nota en ningún otro lado.

Pero la palabra, bien usada, sigue mereciendo la pena. Por eso vuelvo a ella sin prejuicio, con menos pose, y me la guardo para cuando me la encuentro de verdad.

Si quieres trabajar el «para qué» antes de etiquetarte como innovador, este PDF te lleva por el camino corto.

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