Comunicar no es decir más.
La mayoría de organizaciones no tiene un problema de visibilidad: tiene un problema de claridad. Y son cosas distintas.
La mayoría de organizaciones no tiene un problema de visibilidad: tiene un problema de claridad. Y son cosas distintas.
Lo escucho varias veces al mes. Llaman, presentan el proyecto, y a los diez minutos llega la frase que marca el resto de la conversación:
«Lo que necesitamos es darnos a conocer.»
Lo escucho de ONGs con quince años de historia, de startups con dos años, de áreas de RSC de empresas grandes que sienten que su trabajo silencioso no llega a nadie. Y mi respuesta casi siempre es la misma, y casi siempre les sorprende:
Antes de darse a conocer, conviene saber qué se está diciendo.
La hipótesis por defecto es esta: «no nos conocen → si publicamos más, nos conocerán → si nos conocen, vendrán». Tres saltos lógicos, cada uno con su propio agujero.
El primero asume que el problema es de cantidad. El segundo confunde publicar con comunicar. El tercero da por hecho que conocer equivale a movilizarse. Ninguno aguanta cinco minutos de conversación.
Cuando me siento con el equipo y miro lo que están publicando, lo que veo casi siempre es lo mismo: muchísimo contenido, muy bien intencionado, pintando todo a la vez. Una semana es educación financiera. La siguiente, una campaña de Navidad. Después, una jornada interna. Una memoria anual. Una entrevista al presidente. Un meme con cita de Gandhi. Un vídeo motivacional.
Si yo, que llevo años en esto, no soy capaz de decir en una frase a qué se dedican, ¿cómo va a hacerlo alguien que no conocía ni el nombre?
Claridad no es simplificar. Claridad es haber decidido. Es haber elegido, entre las quince cosas verdaderas que dice tu organización, las tres que quieres que se queden grabadas. Es atreverte a no decir las otras doce hoy, sabiendo que tendrás otros días.
Una organización con claridad puede tener apenas presencia y aún así dejar huella. Una organización sin claridad puede inundar el feed y no fijar nada. Lo segundo es más caro, además.
Cuando un cliente llega con el síntoma de visibilidad, antes de planificar nada, pregunto tres cosas. Y pido que se respondan por escrito, sin trampa:
Si tu organización dejara de existir mañana, ¿qué cambia exactamente en el mundo? No vale «menos esperanza». Vale «X familias del barrio dejan de tener tutoría gratuita» o «el Ayuntamiento pierde su único interlocutor en políticas migratorias».
¿Quién es la persona concreta a la que te diriges? No vale «la sociedad». Vale una descripción de un perfil con edad, contexto, hábitos, momento vital y dolor real.
Si solo pudieras decirle a esa persona una cosa antes de morir, ¿cuál sería? Una frase. Una sola.
El 90 % de los proyectos no puede responder estas tres preguntas con honestidad. Y ahí está el problema. No en el algoritmo, no en el presupuesto, no en si haces vídeos verticales u horizontales.
Lo que pasa es lo siguiente: empiezas a publicar la mitad, y rinde el doble. Empiezas a recibir mensajes diciendo «esto me pasa a mí». Empiezas a atraer al tipo de persona que necesitas, no al tráfico genérico que se va igual que llegó.
La claridad cansa al principio porque obliga a elegir. Pero, una vez está, simplifica casi todo lo demás.
No es magia. Es oficio.
Y, sobre todo, no se compra con presupuesto de medios. Se construye en una mesa, dos o tres personas, varias mañanas, contigo o sin mí.
Seguir leyendo
Cuando el sector empezó a llamarse «innovador», muchos huimos del término. Vuelvo sobre él con menos prejuicio.
5 min
Cuando un proyecto se atasca, suele ser porque resolvimos el plan operativo antes de tener clara la intención.
4 min
Trabajar con menores de 30 años cambió mi modo de entender el cambio social. Aprendí más yo que ellos.
6 min