Jóvenes que no esperan permiso.
Trabajar con menores de 30 años cambió mi modo de entender el cambio social. Aprendí más yo que ellos.
Trabajar con menores de 30 años cambió mi modo de entender el cambio social. Aprendí más yo que ellos.
El día que un chaval de 22 años me explicó por qué su proyecto de música en residencias de mayores no era una ONG, no era una empresa, no era una asociación cultural y aún así estaba funcionando con 30 voluntarios y 14 residencias, entendí que algo estaba cambiando.
No me lo explicó con jerga. No usó «hibridación», ni «sinergias», ni «modelo». Me lo explicó con un ejemplo:
«Es que si lo encajo en cualquier formato, perderíamos a la mitad de los voluntarios, que no quieren registrarse en nada. Y los residentes, los pocos que ya nos conocen, no entenderían por qué de pronto hay un papel que firmar.»
Lo dijo sin drama. Sin reivindicación generacional. Solo describiendo lo que veía.
Llevo casi cinco años acompañando proyectos liderados por personas de menos de treinta. Pensé que iba a explicarles cosas. Y sí, alguna les he explicado. Pero lo que me llevo de cada conversación es mucho más que lo que dejo. Voy a intentar resumirlo:
Saben distinguir la marca de la persona. Para muchos profesionales de mi generación, la marca personal es algo que se construye. Para ellos es algo que se filtra. No pretenden ser «el experto» en nada porque no se lo creen. Pero saben qué les importa de verdad y lo dicen sin tantearlo seis veces.
Trabajan con menos miedo a la marcha atrás. Han visto a sus padres y a sus tíos quedarse veinte años en un trabajo del que decían pestes en las cenas. No quieren eso. Cuando un proyecto deja de tener sentido, lo dejan. Sin grandes manifiestos. Sin justificarse. Esto descoloca a los financiadores tradicionales, que esperan compromiso por sumisión. Y, sin embargo, los proyectos que sostienen los sostienen con una intensidad que pocos sostenían a los 28 años.
No esperan permiso. Esto es lo más importante. Y lo más incómodo para muchas instituciones. Llegan, hacen, prueban, ajustan. No suben para autorización al consejo, no piden aval, no buscan padrino. Cuando una organización clásica los mira, ve riesgo, ligereza, improvisación. Cuando los miras de cerca, ves una velocidad de aprendizaje a la que el resto no llega.
No son la generación de cristal. No son frívolos. No son ingenuos. Llevo cinco años escuchando esa caricatura en mesas de tercer sector y empresa, y siempre la pone alguien que no ha trabajado con ellos.
Sí son distintos. Sí tienen agotamientos distintos a los míos: ansiedad anticipatoria, dudas vocacionales más tempranas, una sensación de futuro inestable que mi generación no conocía a esa edad. Pero son tan capaces, tan responsables y tan exigentes consigo mismos como cualquiera. Más, quizás, porque su listón es público desde los 17.
Quienes los acompañamos —mentores, profesores, empleadores, financiadores— les debemos algo que casi nunca damos:
No corregirles los pasos. Solo corregirles los pasos cuando se piden corregir. Cuando no se piden, callar y dejar que el aprendizaje aterrice por su propio camino, aunque sea más lento que el nuestro.
No bajarles la ambición. El reflejo de la generación anterior es decir «no te exijas tanto». Y suena protector. Pero lo que ellos oyen es «no te creo capaz». Lo que necesitan es: «sé exigente, y cuida la salud mientras lo eres».
No imponerles nuestro lenguaje. Si te cuesta entenderlos, pregunta. Si nombran «hibridación» de forma distinta, escucha qué nombran. Es probable que llevemos diez años llamándolo otra cosa.
En España hay una grieta interesante en este momento: muchas decisiones simbólicas en lo público las toma gente de 50–60 años, y muchas decisiones prácticas en lo común las está tomando gente de 22–30 años. Trabajan al margen de la prensa, de las federaciones, de las federaciones de federaciones. Sostienen comedores, formación, acompañamiento, mediación, microemprendimiento.
No esperan permiso para hacerlo. Y, en silencio, son uno de los motivos por los que el tejido social no ha colapsado del todo en zonas donde el sistema institucional ya no llega.
Si todavía no has trabajado con menores de treinta, te invito a hacerlo. No como acción benéfica. Como aprendizaje. Vas a salir distinto. Y, probablemente, vas a salir agradecido.
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